viernes, febrero 22, 2008

El descanso

Después de recorrer cientos de páginas de novelas vampirescas y "paranormales", abro al fin la ventana de mi habitación y decido salir a balconcito a tomar un poco de aire, pero ya es de noche. El aire está frío y desde las alturas diviso a un transeúnte que camina impaciente envuelto en su abrigo negro, prendo un cigarrito, luego una señorita de labios rojos, le pego una fumada y el habitual canto de mi gaviota se transforma en un granznido; me alimento un poco de ese aire frío y denso con un gran suspiro y me detengo a mirar más allá... lo más lejos posible para descansar la vista. Me aferro a una luz diminuta que ya no sé si viene del mar o del cielo, ¿será un barco o una estrella? da igual, lo importante es detenerme un rato allí y descansar; mar o aire son igual de válidos para vaciar mi mente de tantas historias, lugares y personajes predecibles (la desventaja de los "bestsellers"). Esa luz brilla sola y yo sueño a través de ella, pero sueño el día y el sol, el mar o el cielo en que mañana ella desaparecerá. Sueño la ciudad despierta y viva y entre el tumulto, algún rincón solitario y soleado que haría rebotar mi voz. Logro relajarme por completo y dejar de pensar. Allí es cuando los discursos e historias entrecruzadas se definen en una melodía que pareciera venir de muy lejos.

Cuando mi mente se ve invadida de imágenes ajenas, como suele pasar después de darle duro a este tipo de lecturas, los juicios de cualquier tipo tienden a desaparecer con la misma rapidez con que aparecen y mi mente se torna versátil; he desarrollado una capacidad de contener y vaciar historias sorprendente, que temo comience a aplicarse a mis historias cotidianas, lo cual no me disgustaría en lo más mínimo; así se sufre menos dirían los budistas y los androides.

Poco a poco comienzo a recuperarme de este efecto nocturno y a través de la ventana cerrada de mi descanso, diviso mi habitación sin mí. Se ve tan cálido ese lugar desde el otro lado que parece un arma de doble filo: capaz de desintegrar a cualquier vampiro e incluso a mí misma, que sintonizada con esa noche logro ver ese lugar como si fuera inalcanzable y disfruto con ese juego.

El desorden habitual de libros y ropa sobre la cama, las almohadas bajo el dibujo de unas orugas y telarañas (posición que -imagino-da al sol matutino), lámpara y vela encendidas, un par de dibujos de caras expresivas... y apenas divisable, una silla. El ángulo en que está situada me hace imaginar que está frente a una mesa y el desformado cojín de lana que la cubre, da la sensación de que esa silla ha sido usada hasta hace muy poco y bastante, por alguien que volverá pronto a ocuparla. Desde afuera, ese lugar se hace irresistible, me imagino que ahi vive otra persona y de lo que sería capaz por entrar ahi a conocerla. Quizás golpearía la ventana inventándole alguna excusa, aunque sea la del vasito de agua, con tal de que me abriera y me dejara estar ahí aunque fuera solo un momento. Vaya juegos que se tiene que inventar uno para hacer más atractivo el trabajo.

martes, enero 22, 2008

Tránsito hacia el paraíso

Poco antes de encaminarme al aeropuerto para iniciar mi travesía a Chile, donde estaría por un mes disfrutando de las cálidas tardecitas de verano, la buena compañía y los paisajes prehistóricos, me atravesó una fresca brisa liberadora y una contradictoria pero leve ansiedad por los reencuentros y cambios que se me avecinaban. Me subí al autobus que me llevaba al aeropuerto y José me despidió y me prendió en el pecho una chapita que decía: "Advertencia. Si me encuentran llévenme a casa", la recibí con una última carcajada y un abrazo, diciéndole ingenuamente "Espero que esta chapita no me sea útil".

Llegué tranquilamente al aeropuerto, facturé mi maleta grande y vacía, con la ilusión de traerla repleta de esos víveres y objetos con los que uno sueña cuando hay un océano de por medio, pero que al estar en tierra propia pasan a ser parte de la cotidianeidad y pierden ese factor de exclusividad que uno le otorga a miles de kilómetros de distancia. Sin salirme del hilo que conduce el texto, estos objetos podrían ser algún ejemplar del "The Clinic", calcetines chilotes, vino, manjar, charqui, pisco, en fin, en su mayoría alimentos para luego cachetonearse con los amigos extranjeros, como si fueran las delicias más exóticas.

Me subí en el vuelo de Spanair hacia Madrid, donde debía tomar casi de inmediato el vuelo de Aircomet que me llevaría al lugar que mi mente dibujaba como el paraíso. Al aterrizar en Madrid (en este punto no sé si mi relato se limitará a la gran aventura que significó subirme a ese segundo avión o a la confrontación ente paraíso y realidad que significo mi estadía en un Chile que en un año había cambiado bastante) le digo al niño chileno que viajaba solo a mi lado y que debía hacer la misma conexión que yo: "Tenemos que apurarnos para tomarnos el próximo vuelo", a lo que él me responde desenfadadamente "¿Pero no sabes nada? El vuelo no sale esta noche. Se atrazó y saldrá mañana por mañana". En un arrebato de impulsividad le dije "¡no te creo!, ¡no te creo nada!" y pasando de lo que para mí era una fantasía infantil, me conduje rápidamente por los eternos pasillos de Barajas en busca de alguna pantalla que confirmara semejante mentira. Cuando choco con la primera pantalla, mis ojos se encienden de ira al confirmar que el vuelo de Aircomet no saldría a las once de la noche, sino a las nueve de la mañana. Así fue como agitada de rabia me dirigí directamente al mostrador de la línea aérea para preguntar, pero esa pregunta se transformó en un gritado "¡Entonces el vuelo sale mañana! ¡Esto es imposible!" y reconozco que ahi se me escaparon un par de lágrimas de rabia y ellos "No podemos hacer nada señorita. Nosotros no tenemos la culpa" En ese momento me vino la reminiscencia de un desafortunado viaje por Air Madrid donde me quedé atrapada por eternas horas en Tenerife y sin pensarlo les refregué un "'¡Es que son unos ladrones, eso es lo que son!", como si ese reproche fuera a cambiar la realidad del autobus que estaba esperando a todos los pasajeros hacia algún hotel de Madrid donde pasaríamos la noche.

Debo reconocer que la idea del hotel me pareció interesante y disminuyó, aunque en un grado ínfimo, mi ansiedad. Al bajarnos del autobus como un rebaño de ovejitas chilenas que no sabíamos qué nos esperaba ni a quién reclamar, armamos una larga cola tras un mostrador, desde donde salían los decepcionados pasajeros con un par de tarjetitas. Durante la fila me dí el tiempo de observar el extrañísimo entorno en que me encontraba. Un amplio salón medio oscuro, de techos altos y anticuadas pinturas que intentaban imitar el siglo de oro español, todo esto coronado por un gran cadillac que como si fuera una instalación de arte pop irrumpía en el centro. El hotel parecía sacado de una película de terror; me hizo recordar el Resplandor de Kubric y me recorrió una sensación de soledad y frialdad, como cuando de niña en una de sus giras por el sur mi padre me dejó en la lúgubre y desconocida casa de cierto alcalde, pensando en que me sentiría agusto con su hija de mi edad.

Así fue como el tipo del mostrador me pasó la tarjeta de la habitación 315 y un ticket para cenar, mientras me indicaba que debía recorrer todo el pasillo y luego girar a la derecha, donde un camarero me indicaría dónde sentarme para cenar. Seguí las intrucciones y en el enorme comedor, en cuyo centro se disponía un poco apetecible buffet, se me acercó un señor pequeño y me dispuso en una mesa donde no tardé en enterarme, estaba rodeada de argentinos que me asaltaban de preguntas sobre mi origen. Luego se sentó otro argentino de unos treinta años que profundamente cabreado hizo callar a la pareja de sus compatriotas preguntones quienes con una sonrisa y como jactándose contaban que habían venido a una boda a Madrid y "qué horror", tendrían que faltar al trabajo. Elian, como dijo llamarse el Argentino aquél, les dijo "¡Y a mí me vale madre! ¿Qué boda ni nada? Aquí hay gente que no viaja a sus países hace años, como yo, que no voy a mi tierra hace siete años" y continuó en un tono cada vez más agresivo "¡No quiero que me hablen! ¡Son unos pijos de mierda!" Y me miró como con complicidad buscando mi afirmación. La verdad es que los pijos se reconocen en cualquier lado, pero en ese contexto me daba exactamente lo mismo a quién tenía sentado al lado comiendo y por mí que los conflictos de clase los guardaran para otra ocasión. Ignorando a la pareja que cenaba a nuestro lado el chico empezó a contarme que era de Ushuaia y que hace mucho tiempo que no andaba por ahi. Al parecer se sintió en confianza conmigo porque comenzó a contarme toda su vida. Hijo de mapuche con Argentina y ex militante del Mir el tipo no tardó en tratarme de compañera para arriba y para abajo, mientras nos bajamos rápidamente la botella de Rioja que estaba sobre la mesa. En ese entonces se integró un joven chileno que se sintió muy agusto con la conversación y ayudó a que nos pusieran una segunda botella. La desilución del viaje frustrado y el ambiente tétrico nos hizo desembocar en el bar del hotel, donde Elian no tardó en rajarse con otra botella y mientras increpaba al camarero como si tuviera la culpa de nuestra situación y le discutía su postura política al otro chileno, yo me escapé a la barra y me pedí cara dura un pacharán. Desde la barra disfrutaba el chin chin de los hielos recorriendo esa enorme copa de cristal, pero mi paz se vio interrumpida por la presencia de los dos chicos que ya se habían aburrido de discutir. Entonces los miro y ok, invito una ronda de pacharanes. Dos horas después me encontraba perdida en los laberínticos pasillos del hotel y sin la tarjetita de mi habitación, los motivos son deducibles. En un momento me vi sentada en ese largo pasillo de El Resplandor mirando mi chapita y diciéndome "¿Y ahora quién me va a encontrar para llevarme a casa?". En eso pasó el Argentino de Ushuaia y me pregunta qué hago ahi derrotada. Yo le cuento mi desesperanzadora situación y me dice "Bueno, te puedes quedar en mi habitación si quieres, no pasa nada" Reconozco que no me lo pensé mucho, estaba realmente agotada y dispuesta a caer muerta donde fuera y afortunadamente habían dos camas, en una de las cuales me tumbé como un saco de papas y comencé a oir como una voz de ultratumba que me decía "despierta, hay que irse", "despierta, chilena" y yo, como si estuviera en un sueño decía "no, déjame dormir". Cuando abro los ojos y me encuentro en una habitación, dentro de un hotel, dentro de una ciudad y por último dentro de un país en el que no debía estar a esas alturas. Salté enérgica de la cama y me dirigí automáticamente hacia el bus que nos esperaba para llevarnos al aeropuerto. Dormí en el bus, y en diferentes asientos del aereopuerto, hasta despertar por completo y divisar una enorme y esperanzadora fila que en un instante de optimismo imaginé era la fila para subirse al avión. Al recuperarme definitivamente del largo sueño la fila seguía allí, sin avanzar. Entonces comencé a pasearme entre los pasajeros y me enteré de que la fila era ni más ni menos que para que nos pasaran un pan para desayunar; que eran las diez de la mañana y que no había ni rastro de avión. Entre el mal genio de la despertada y la desconcertante situación, monté en cólera cuando vi a todos los presentes, incluyéndome, como un perdido rebaño en espera de algún lejano pastor. Allí fue como desde mi estómago surgió una voz, que más bien parecía un rugido que irrumpió hacia afuera acaparando la atención y la sorpresa de todos los pasajeros: "¡Esto no puede ser! ¿Quién se creen que somos, unos imbéciles o qué? ¿Porqué nadie hace nada? ¡parecemos un rebaño!" Y divisé que a unos cuantos metros se encontraba el vuelo argentino en nuestra misma situación pero a diferencia de estar todos calladitos a la espera de algún veredicto, se había armado una gran revuelta de aplausos y chiflidos exigiendo justicia. Ahi se me vino fugazmente a la mente la historia de ambos países.

Luego de mi exploción atómica, y como si ésta hubiera hecho efecto, comenzó a formarse la fila para el avión. Luego de semejante numerito, decidí no volver a abrir la boca en todo el vuelo y afortunadamente el asiento a mi lado iba desocupado. Dormí todo el viaje sin parar y al despertar ya con la desolada y monumental vista de la cordillera de los andes, me sentí fatal por todo.

Entre la resaca, el destino que ya se acercaba y el numerito de la mañana me prometí ser menos impulsiva. La cordillera se presta como mínimo para algún tipo de reflexión personal de ese tipo.
Al llegar al aereopuerto y abrazar a mi hermana y a mi prima, volví a recobrar la paz y me sentí protegida y querida como si estuviera en una blanda y cálida cuna de algodón. Qué placer y que confusión era estar de vuelta en mi tierra querida después de un año.

**Creo que la historia siguió su propio curso. En un próxima oportunidad iré al meollo de asunto y hablaré de todas las sorpresas con las que me encontré en este "paraíso" tan real e imperfecto como es Chile. Con lo que me costó llegar creo que debiera dedicarle como mínimo un libro completo.

viernes, diciembre 14, 2007

sobre revoluciones y malos humores (qué se yo...)

Luego de más de un año de vivir en Barcelona, conocí a una persona que llamó mi atención. Parecía mucho más joven de lo que realmente era. Se presentó enérgico y muy seguro de sí, sentándose a mi lado en la barra donde no tardamos en iniciar una conversación que se prolongó hasta el amanecer. Su aspecto físico revelaba una clara postura de disgusto y rebeldía ante la sociedad y “el sistema” que la rige. Efectivamente, a los pocos minutos comenzamos a intercambiar opiniones e ideas de nuestra concepción del mundo, sobre cuáles habían sido los errores irreversibles y los aciertos en las organizaciones sociales.

Cuando la conversación desembocó en estos temas no tardé en comprender que su manera de vestir y de hablar revelaba una postura determinada para comprender y descifrar el mundo. En Barcelona he visto bastantes jóvenes que intentan diferenciarse de las convenciones de la mayoría mediante una estética de su cuerpo representada por su vestimenta y en general por una postura que les permite autodefinirse como antisistémicos. Dando por sentadas las connotaciones que pueda tener este término, en un primer acercamiento a la vida de esta ciudad pensé que no iba más allá de una moda.

Comencé a relacionarme más de cerca con algunos de estos jóvenes, puesto que yo también lo soy y como lo hace cualquier extranjero en otro lugar, me surgió la comparación con las manifestaciones culturales e históricas de los jóvenes de donde yo provengo lo que me llevó a preguntarme ¿Qué es lo que impulsa a estos jóvenes antisistémicos a enfrentarse a una sociedad donde supuestamente no les falta nada? ¿Es realmente válida esta postura en una ciudad como ésta, con las comodidades y necesidades creadas que vemos hoy? Pero luego comencé a comprender que muchos de ellos realmente piensan que la hegemonía del poder y la empañada política debieran desaparecer y diluirse en el pueblo, aunque casi todos participan de alguna u otra manera o dependen de lo que este sistema político y social les ofrece. Aquí surge la primera contradicción. Muchos de ellos se definen como anarquistas y otros cuantos como punkies u okupas. A fin de cuentas hay algo en común entre ellos: una negación hacia lo que nos ofrece la cultura de mercado y un completo escepticismo hacia la política de hoy. Más que preguntarme de dónde venía esta manera de ver el mundo y la sociedad, lo cual me parece una noble consecuencia del mundo tal y como lo vemos hoy, me preguntaba porqué en Barcelona hay tantos jóvenes que prefieren vivir al margen y más aún, porqué existe cierto romanticismo o admiración hacia una filosofía de vida que estuvo en su apogeo hace ya setenta años en esta provincia y en otras de España y que si bien no podemos dar por muerta, sólo ha dejado algunos esparcidos brotes.

La idea de este fervor por la revolución y todos los íconos e imágenes que se relacionan con ella, me llevaron a interesarme más por la historia de España. En la medida en que pasó el tiempo y conocí más al amigo de la barra, que en adelante llamaré J y a su entorno de conocidos y colegas, comencé a vislumbrar que más allá de una postura política (que a ratos se torna apolítica), se trataba de un legado que dejó una generación de jóvenes de antaño.

Estos jóvenes del siglo XXI miran con emoción y romanticismo la historia que heredaron de sus propios abuelos, e intentan reproducir esta forma de ver el mundo; de compañerismo, trabajo e igualdad, mediante una serie de códigos estéticos y culturales. Parece difícil y casi utópica la iniciativa de continuar con esta posición viendo que pocos están realmente dispuestos a abandonar el estilo de vida que se les ofrece hoy, donde no muchos pueden escapar de cierta estructura jerárquica y donde la dependencia hacia objetos con los que sus abuelos no hubieran ni soñado se hace inminente. O quizás podría tratarse de una postura estética y romántica que surge espontáneamente en los años de juventud. No acababa de comprender contra qué realmente luchaban estos jóvenes cuando por ejemplo le lanzaban botellas a los policías luego de una noche de botellón: ¿por sus libertades?, ¿existía un motivo real que justificara esta violencia?

En la medida en que la conversación avanzaba con J aquella noche y cuando comenzamos a ahondar en nuestra forma de ver el mundo, yo le comenté que no estaba de acuerdo en cómo iban las cosas hoy, por lo que cada vez creía menos en lo que los políticos hacen llamar democracia. Luego le comenté sobre el grave problema de la desigualdad en Latinoamérica y sobre los privilegios de unos pocos por sobre muchos. No recuerdo exactamente qué dije para que él no tardara en definirme con cierto aire despectivo como comunista, mientras que él se autodefinía como anarcosindicalista. Parece un poco absurdo atribuirse estas etiquetas en un mundo tan globalizado y disperso como el de hoy, pero me quedó dando vueltas a qué se refería con anarcosindicalismo, pues en mi ignorancia me parecía un concepto extremadamente contradictorio. El anarquismo, que por lo que yo entendía excluía cualquier dominio de poder o de organización institucional, se mezclaba con la palabra sindicalismo que se refiere justamente a una organización establecida. A esas alturas me veía confusa e incluso me sentí disminuida cuando me llamó comunista por debajo de su hombro como si me estuviera refiriendo la peor ofensa; la verdad es que no comprendí cuál era la real diferencia, pues para mí se trataba de dos versiones amigables de un mismo bando.

De acuerdo a los registros de la historia de mi país, el comunismo aparece como una ideología que se puso en práctica durante los años 60, cuando Salvador Allende fue escogido presidente democráticamente por el pueblo. Ser comunista, para mí, poco tenía que ver con lo que era ser comunista para J, quien heredó la historia política de la España de los años ‘30, la cual a esas alturas yo conocía superficialmente como una guerra entre dos bandos: los nacionales y los republicanos. Desconocía toda la gama de matices y siglas que existían entre esos dos polos. Para mí, Europa y en particular la España de ese entonces, estaba dividida en dos y no había mucho más que discutir del tema.

Una semana después, caminando por el centro de Barcelona junto a J, pasamos por la Plaza del Tripi, oficialmente llamada (y cada vez menos conocida así por los jóvenes) como Plaza George Orwell. Allí me enteré que Orwell no sólo había vivido en Cataluña, sino que había estado en el frente en aquellos tiempos y que su historia había quedado registrada en “Homenaje a Cataluña”. Orwell escribió este libro que aún no sé si denominar como crónica, novela o testimonio, para dar cuenta de todos los matices y contradicciones que reinaron en la España de esos tiempos. J me habló largo y tendido de esta obra de Orwell, una de sus favoritas y un par de semanas después la tenía entre mis manos. J me la entregó con una sonrisa irónica diciéndome: “Para que comprendas porqué pienso así, a qué me refiero con anarcosindicalismo y que no es ningún halago que te diga comunista”. Muy agradecida recibí el libro y me lo devoré en un par de días.

Cuando comencé a leer esta novela testimonial de Orwell (de ahora en adelante la llamaré así aunque no estoy del todo convencida de que se trata de una novela), lo primero que me saltó a la vista fue la visión que tenía de la revolución en España un hombre que venía del primer mundo, con cierta experiencia en la guerra:

…el hecho de que a menudo uno debía discutir durante cinco minutos para conseguir que se obedeciera una orden, me espantaba y me enfurecía. Tenía ideas típicas del ejército británico, y ciertamente las milicias españolas eran bastante diferentes del ejército británico (Orwell, 38).

La imagen que tenían muchos jóvenes estudiantes ingleses de España era la de un verdadero paraíso de la libertad, donde los grandes ideales se llevaban a cabo como en ningún otro lugar del mundo, ante lo cual no había que quedarse de brazos cruzados. Así fue como muchos estudiantes intelectuales de izquierdas se apuntaron a las brigadas internacionales y llegaron a España para vivir en carne propia la experiencia de la libertad y la lucha. Al llegar a España, Orwell, quien provenía de una cultura más bien fría y distante como lo es la anglosajona e incluso de un sector privilegiado de ésta, se sorprendió de la calidez y el compañerismo de sus camaradas:

Desafío a cualquiera a verse sumergido, como me ocurrió a mí, entre la clase obrera española y a no sentirse conmovido por su decencia esencial y, sobre todo, por su franqueza y generosidad (Orwell, 19).

Pero a su vez, no tardó en asombrarse por la falta de experiencia y desorganización de los milicianos en el frente, quienes ni siquiera sabían disparar:

Parecía increíble que los defensores de la república fueran esa turba de chicos zarrapastrosos, armados con fusiles antiquísimos que no sabían usar (Orwell, 26).

A medida que transcurría el frente, donde la desorganización y el desabastecimiento predominaban y donde muchas veces fueron consumidos por el frío más que por el miedo al enemigo, Orwell regresa a Barcelona donde participa en uno de los momentos más álgidos de los enfrentamientos en esa ciudad como son los acontecimientos de mayo del ‘37. Como militante comunista, Orwell había llegado a Barcelona no solo a experimentar la revolución, sino también a defender una causa que en ese entonces en Europa se estaba haciendo cada vez más popular entre grupos de jóvenes que no estaban dispuestos a adherirse a ninguno de los dos bandos predominantes: Stalinismo y Fascismo. Sin embargo, y a pesar de que partidos como el POUM o el PSUC, tuvieran orígenes muy similares de izquierdas obreras, Orwell no tardó en comprender que éstos se encontraban tan divididos como los fascistas de los republicanos.

Como miembro del POUM, Orwell se tuvo que ocultar de otros partidos de izquierda que los acusaban de conspirar con los fascistas. Así, los verdaderos grupos revolucionarios, como fueron los anarquistas en sus diferentes versiones como la CNT y la FAI, entre otros, se vieron absurdamente perseguidos por quienes en un comienzo fueron sus compañeros. Al igual que muchos otros milicianos y miembros del POUM, Orwell debió ocultarse en diferentes rincones de Barcelona e incluso enfrentar a quienes en un momento creyó sus aliados. Esta situación que Orwell nos representa en la novela como de una tremenda injusticia y contradicción, hace que éste retorne a Londres contra su voluntad:

Dudo de que las calumnias acumuladas desde la retaguardia sobre la milicia del POUM, tuvieran algún real efecto desmoralizador, pero tendían a ese fin, y hacen suponer que, para los responsables de esta campaña, el resentimiento político importaba más que la unidad antifascista (Orwell, 186).

Cuando me encontraba justamente en esta parte final de la novela, comprendí a qué se refería J cuando me denominó comunista y la verdad es que no me pareció ningún halago, sino al contrario. En otras palabras me estaba diciendo que era una vendida al sistema, una oveja más de un enorme ganado controlado por una mano invisible. Sin duda, su connotación de comunista, estaba estrechamente ligada al testimonio de Orwell, quien nos relata las diversas conspiraciones y engaños del partido para acabar con los revolucionarios y como no, de su abuelo que había estado en el frente. En el siguiente encuentro no pude evitar comentarle este hecho, afirmándole con un dejo de humor que se equivocaba mucho en llamarme así, que yo no pensaba como ellos. Sin duda, ésta parecía una conversación de otros tiempos y debo reconocer que incluso actualmente me veo afectada por una visión romántica de lo que es ser comunista que va muy unida a la historia de mi país, como comenté antes.

En “Homenaje a Cataluña” podemos percibir esta imagen romántica del frente y la revolución en Barcelona:

“Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas” (Orwell, 11)

La voz optimista había corrido hacia Inglaterra (aunque los periódicos de la época hablaban con mucha timidez de los movimientos revolucionarios), pero el joven Eric Blair, cuya cabeza sobresale entre filas de adolescentes que estaban dispuestos a dejarlo todo por la lucha, no tarda en confesarnos que no todo era tan ideal como pensaba meses atrás:

No me di cuenta de que gran número de burgueses adinerados simplemente esperaban en las sombras y se hacían pasar por proletarios hasta que llegara el momento de quitarse el disfraz (Orwell, 12).

Esto me hizo recordar la imagen que han guardado muchos de los jóvenes antisistémicos de hoy hacia esos días donde todo parecía tener tanto sentido. Así como en el Londres de ese entonces los jóvenes no conseguían experimentar la revolución, concibiéndola más como un ideal que como una experiencia, algunos jóvenes españoles de hoy suelen buscar referentes ya sea en el pasado histórico revolucionario de su país, como en los conflictos que hoy acontecen en otros lugares del mundo como Latinoamérica. Generalmente, esta imagen excluye los pormenores de estos enfrentamientos, los que Orwell describe tan bien en su novela:

En el frente, mi propia exasperación alcanzó algunas veces el nivel de furia. Los españoles son buenos para muchas cosas, pero no para hacer la guerra (Orwell, 19).

Este encantamiento por parte de jóvenes que vivían más en una burbuja de ideas que en una realidad revolucionaria, como bien sugiere Orwell en “Homenaje a Cataluña” o Ken Loach en el comienzo de su película “Tierra y Libertad”, representando a los jóvenes estudiantes ingleses de los años ’30 con sed de revolución y con ánimo de sentirse útiles para con ella; me hace recordar el sentimiento de muchos jóvenes barceloneses de hoy, quienes buscan referentes para volcar su ánimo revolucionario. Estos referentes bien pueden ser sus abuelos anarquistas de la guerra civil, como los conflictos revolucionarios que ocurren en Latinoamérica en la actualidad. ¿Será que el sentimiento revolucionario surge con mayor ímpetu en la juventud? ¿Será que estos jóvenes necesitan encontrar referentes para volcar su disgusto con el sistema político y social de hoy en día?

Cuando uno comienza a interesarse en un tema, pareciera como si todo tuviera que ver con él. Después de ver “Tierra y libertad” de Loach y sorprendida por la naturalidad y fluidez con que se interpretaban las escenas del frente, las discusiones de las colectivizaciones y la falta de recursos de los milicianos, detecté que entre quienes interpretaban a los milicianos se encontraba un amigo de J, actual anarquista, con quien había cruzado algunas palabras hace tan solo unas semanas en el Hurraco. Me pareció todo una gran coincidencia que se hizo más evidente cuando ese mismo fin de semana me lo volví a encontrar en el bar. Me acerqué a él y comencé a preguntarle sobre la realización de la película. El me contó que muchas escenas parecían casi reales porque habían sido improvisadas y que él no siendo actor había interpretado a ese personaje tan bien porque realmente se identificaba con el sentimiento de lucha y de revolución. No recuerdo bien porqué, comenzamos a hablar del humor. Yo le comenté un poco decepcionada que encontraba a mucha gente malhumorada en el metro, en la tienda de la esquina, en fin, en mi cotidiano en general, lo cual me consumía y me desanimaba. Y recuerdo que ante eso él me dice: “Para mí el mal humor es fundamental, yo tengo mal humor de que el mundo esté como esté, de que estemos siendo controlados por una cabeza invisible, de la insensibilidad y la falta de consciencia” En unos pocos minutos me había convencido de que el mal humor era un móvil importante. En ese momento, se me vino a la mente el comienzo de la película de Loach. Esos jóvenes estudiantes ingleses viendo escenas del frente en España y gritando malhumorados contra el fascismo y por la revolución. Fue como si casi pudiera palpar la sangre hirviendo de ese sentimiento. A partir de esto logré intuir qué era eso que desbordaban los jóvenes contemporáneos lanzando botellas contra desconocidos. El mal humor, llevó a Orwell al frente y ha permitido que los jóvenes enérgicos se alcen a las calles a manifestar su descontento. Es quizás este mal humor el que me transmitió J en la barra de ese bar cuando me tildó de comunista sin apenas conocerme. El problema es que hoy en día en Barcelona, no tenemos muy claro qué es eso que nos provoca este mal humor.

lunes, octubre 22, 2007

De aquellas coincidencias

Una mañana, no muy diferente de cualquiera otra, caminando al trabajo, decido tomar el atajo por la librería de la esquina, la cual suelo atravezar para aparecer a unas pocas cuadras del metro. Al entrar allí, mientras siento el crujir de mis pasos atrasados sobre el suelo de madera, me siento descubierta en mi tránsito cotidiano, pero se me atraviesa la estantería de poesía e inmediatamente recuerdo que es el cumple de un amigo especial. Cómo no lo iba a recordar si ahi vi fragante un libro de la Pizarnik, como el que él me había prestado hace algunas semanas... Ese 3 de octubre me detengo en la sección de poesía con ánimo de regalar y luego en la de narrativa para regalarme. Definitivamente el atajo se ha convertido en el camino más largo. Cuando ya había escogido el Altazor de Huidobro para mi amigo, me dirijo al estante de narrativa hispanoamericana, con el afán de hojear y tantear entre tantos autores conocidos y tantos más por conocer y con justificada razón: Hace un par de semanas había terminado La Montaña Mágica de Mann con Hans Castorp perdiéndose entre otros soldados en un espacio baldío y gris, entre alambradas con restos de ropas y carnes rasgadas. Desde allí no había leído practicamente nada, y ya estaba deseando apoderarme de un personaje página a página hasta enamorarme de él; menuda debilidad la mía. La gracia de ver los libros en esa estantería, a diferencia de verlos en la de una biblioteca, es la posibilidad de adquirirlo "para siempre", leerlo, hojearlo y tomarme todo el tiempo necesario para que pase a formar parte de mis pensamientos. Leerlo, para luego dejarlo junto a los otros en la repisa, un libro que queda siempre medio abierto a algún capítulo, alguna frase satélite o simplemente a una relectura completa. Esa última parte de La Montaña Mágica, que en ese momento quise releer, me hizo valorar el hecho de tenerla físicamente en casa y por ende, el hecho de comprarme otra novela.

La estantería de narradores hispanoamericanos me resulta muy atractiva porque encuentro a muchos más autores por conocer que con los que ya he tenido el gusto (y a veces la desilución). Siguiendo cierta coherencia con mis elecciones literarias en los últimos meses, me tocaba arriesgarme un poquito por las apariencias y escoger una novela de la que tuviera las menores referencias posibles. Y así, de primeras, agarré "El Testigo" de Juan Villoro. Leí la contratapa y hojié el primer capítulo. Se trata de Julio, un profesor mexicano, exiliado en Francia, quien decide volver a méxico con la misión de investigar sobre el poeta Ramón López Velarde. La historia parece interesante, pero me cautiva aún más el narrador, con ese toque cotidiano e irónico para examinar una sociedad de la cual él ya no se siente parte. Entonces me llevo los dos libros y en la caja el tipo me dice "Juan Villoro, seguro te interesará venir esta semana a las charlas y presentaciones sobre literatura mexicana de aquí".

Con la ansiedad propia de quien va atrasada y con una nueva adquisición, empiezo a leer la novela, que me provoca tantas risas como curiosidad. No sabía nada sobre la revolución de los cristeros y en mi ignorancia pensé que podría ser una maquinación del narrador. Poco sabía sobre López Velarde, el poeta que estuvo en el centro de este movimiento, la verdad es que estaba completamente satisfecha con la nueva novela que lejos de un riesgo, se había transformado en un acierto. Tanto así, que llegué comentando a la oficina, con mis compañeros mexicanos y luego logré corroborar la historia de los cristeros con el compañero que me suele acompañar de vuelta en el tren.

Así fue como la semana siguiente, sentada en una sala de clases esperando al profesor que debía haber llegado hace cinco minutos, saco "El Testigo" y comienzo a leerla. Apenas la había abierto cuando entra el profesor diciendo "Tenemos a Juan Villoro". Yo levantando la vista, le digo "¡Claro!, aquí lo tenemos" y él "Está aqui en la facultad". En ese momento, un poco desconcertada, cierro la novela y me quedo pensando cómo puede ser posible tal coincidencia. Y me imagino que voy a la cafetería y le hablo. En ese momento, Villoro se encontraba dando una charla en una de las salas y el profesor me dio permiso para salir. Pero yo preferí no perderme la clase y seguir fantaseando con esa improbable realidad. El creador de esa magnífica novela estaba a tan solo unos metros de mí.

Cuando acabó la clase, mientras salía al patio comentándole esta anécdota a mi compañera, diviso a lo lejos a Juan Villoro. Ya era de noche y se encontraba conversando seguramente con algunos editores y catedráticos que parecían muy serios y empaquetados. Villoro era un tipo joven, alto y de actitud sencilla. No parecía un reconocido narrador. De pronto, en un impulso me obsesiono con la idea de hablarle, pero mi timidez me lo impide. De todos modos no tenía nada que perder y tenía su novela bajo el brazo. En el peor de los casos me ignoraría. Entonces, con esa sensación del que no tiene nada que perder, me dirijo directamente hacia él y rompiendo su círculo lo saludo y me presento "Hola Juan, soy Isabel, es un honor y una sorpresa encontrarte aquí" y le conté que estaba leyendo su novela y que no tenía idea que él estaba ahi. Y le conté exactamente lo que había sucedido en la sala de clases hace un par de horas. El parecía casi tan sorprendido como yo "Vaya coincidencia, ¡qué bien!" "¿De dónde eres y que haces por aquí?" me preguntó. Y yo empecé a contarle qué hacía en esta ciudad. Aproveché también de contarle si conocía a Bolaño de México y él me contó que por supuesto, que se habían conocido de muy jóvenes. Cuando él tenía 15 y Bolaño 18, él había ganado un premio de cuentos y Bolaño el de poesía. "Era la época de Los Detectives Salvajes, de los infrarrealistas, por ahi andábamos todos dando vueltas". Luego me contó que iría a Chile en mayo a lanzar un libro de ensayos en la Portales que andaba de paso por Barcelona y que mañana iría a Girona. Volvimos a comentar esta maravillosa coincidencia y me dedicó lo siguiente:

"Para Isabel. Con el gusto de comprobar que el destino trabaja para reunir a autores y escritores del modo más inesperado. Afectuosamente. Juan"

viernes, julio 13, 2007

El ocaso

Encontré un refugio a lo alto, donde el cielo me abraza y me visitan las gaviotas. Se trata de una guarida desde donde yo los veo a todos sin que nadie me vea, como un fantasma. Incluso últimamente me ha dado por tocar la guitarra y dejarme escuchar por los transeúntes como un ruido más de esta concurrida calle. Me doy el tiempo de mirar todos los atardeceres, a excepción de éste que ha sido interrumpido para tipiar algunas palabras. He estado bastante ocupada de los ocasos desde hace algunas semanas y por ende del tiempo y sus ciclos. Llegando a reflexionar de que no importa cuánto mida un minuto o una hora sino cuando ese momento se repite para regresar a su punto de partida. Como bien dice Hans Castorp en la Montaña Mágica, el tiempo no existe sin espacio, pues éste no se podría medir si no fuera por el viaje que realiza un minutero y un segundero para retornar a un mismo punto. El tiempo soy yo que viajo día a día y es ese tránsito el que me hace viva.

Ahora sólo les quiero contar el encuentro que me hizo despertar ante el tránsito de dos momentos como son el día y la noche.


Ya era casi de madrugada y me encontraba agobiada en una esquina de una barra apunto de pedir otro chupito. El agobio provenía de que había desistido de la posibilidad del imprevisto, de que algo inesperado aconteciera durante esa noche plana e insípida. Ni siquiera me daban ganas de mirar a mi alrededor, sólo me fijaba en lo que sucedía dentro: las botellas, las maniobras del barman, un gato intruso observando quieto, el único ser vivo con el que me podía identificar a esas alturas. Cuando observo por primera vez a mi alrededor, encuentro a un ser inmóvil en una esquina. Después de una media hora volteo y sigue ahi, observando un punto vacío entre yo y él. El no ve a nadie, al igual que yo antes de verlo. Entonces levanto sutilmente mi mano y dibujo un círculo entre yo y ese punto vacío y lo despierto. El hombre levanta su cabeza y cambia de postura, como si lo hubiera despertado e incluso me mira fijamente y me sonríe. Yo vuelvo a lo mío, al gato y a toda la historia de la barra y de pronto él ya está a mi lado y sí, habla y se mueve.



Me saluda y me habla de su vida, de que es profesor de historia a niños, yo que había intentado serlo pero que definitivamente no era lo mío. Luego hablamos de qué hacíamos ahí, del aburrimiento y el tedio de ese lugar, luego fuimos por otro chupito y hablamos un poquito de todo, descubriendo que coincidíamos en bastantes intereses y formas de ver la vida. Y me sentí atraída, quizás por su larga y desgarbada postura, por su mirada de niño bueno, de niño huérfano de la ciudad. Me sentí identificada y me ví en él y también vi su mano en mi espalda y luego me vi caminando por las callecitas y su boca que me besaba deliciosamente y yo en puntillas intentando trepar su largo cuerpo para llegar a sus ojos. Luego le tomé la mano, como se le toma a un compañero de viaje y me encontré con la situación inesperada de que ésta no era de piel, sino de plástico y comencé a tocarle todo el brazo hasta encontrar el lugar donde terminaba. Le pregunté, él me dijo que era de nascimiento y que preguntara, que los niños siempre lo hacían, pero la verdad es que no se me ocurrió ninguna pregunta y me alivié de que haya sido de nascimiento, pues es algo natural. Así llegué a casa y me quedé recordando sus besos hasta el día siguiente. Una persona que sabe manobriar bien con sus labios y su lengua, tiene buena parte del camino recorrido, al menos para mí, los buenos besos no se olvidan tan fácil.


Así fue como nos encontramos un par de días después en una esquina, yo algo nerviosa con este segundo encuentro diurno, ya casi había olvidado su cara, sólo me iba quedando su sombra y temía desilucionarme y que el efecto barra hubiera actuado, pero decidí verlo denuevo por curiosidad. La verdad es que era una persona que escondía algo muy misterioso, una suerte de horfandad en su mirada.

Estaba atardeciendo y nos sentamos en una mesita en la calle, los dos interrogándonos, saltando abruptamente de un tema a otro con tal de evitar ese silencio amenzador en estos primeros encuentros, intentando obtener la información necesaria para poder dibujar el contorno del otro. De pronto él comienza a contarme acerca de su futuro viaje a Islandia, un lugar que despertó toda mi curiosidad. ¿Qué pasaba allí? ¿quíénes habitaban esas tierras tan extremas? ¿había vegetación? y luego pasamos al tema de los atardeceres. En Islandia, en esta época del año, el ocaso dura 7 horas. Eso me conmovió realmente, nunca se me hubiera ocurrido poder vivir en el ocaso, en un tránsito entre día y noche, ese maravilloso limbo. Un largo ocaso, cuando el sol parece no querer despedirse, pugna entre el día y la noche, consiliación de opuestos. Qué hermoso debía ser eso.


Los atardeceres siempre nos juntaron, en la calle, en mi refugio, en el suyo. Pero el que se quedó guardado en mi mente, fue el atardecer más largo que he presenciado en un buen tiempo y eso que no estaba cerca de ningún polo. Fue una tarde en su casa, los nocturnos de Chopin me llevaron a seguir cada matiz de esa transformación del día en noche y juntos flotamos en ese limbo entre luz y oscuridad, saboreando cada segundo y la sutil transformación de colores que marcaba el paso del tiempo. Allí el tiempo se me hizo tan largo, que volví sobre este tema y recordé al querido Hans Castorp, el sanatorio de Berghof y sus alturas, un lugar de tránsito entre la vida y la muerte.

La historia con este amigo tuvo su amanecer, mediodía, atardecer y ocaso. Ahora es ocaso y ya no queda nada de eso. Antes de irse a Islandia, una noche en la boca del metro nos despedimos de un beso y él me dice, yo te quiero mucho, pero no confío en tí. Yo con cara de interrogación y sin comprender le pregunto porqué no confía en mí si yo le he sido sincera y me dice, ahora no te lo puedo explicar, voy tarde pero cuando vuelva del viaje lo hablaremos. Yo me quedé ahi paralizada sin comprender su juicio, me voltié y comencé a caminar muy melancólica por las callecitas oscuras del raval. ¿Porqué me habría dicho algo así? ¿porqué justo cuando yo estaba asomada en el umbral de esa puerta, él me la había cerrado en la cara? Ni de un lado ni del otro, como un atardecer, me fui caminando sin rumbo fijo, esperando nada de esa noche. Pero todos los atardeceres después de su partida se transformaron en largos momentos desde la altura de mi guarida. Ahí comprendí el significado de su aparición en mi vida, me había enseñado a apreciar los matices entre el día y la noche, la sutil gradación de las situaciones, la conciliación de los opuestos. Que la desconfianza no es más que un ocaso, un tránsito entre creer y no creer, que el viaje es un tránsito entre la partida y la llegada y que es ahi donde está la magia. Ahora, cada vez que atardece, disfruto de ese tránsito y lo vivo como si fuera mi lugar de siempre como si nunca se fuera a terminar. Mi lugar está en ese tránsito entre un lugar y otro.

domingo, mayo 13, 2007

El idiota

Últimamente me he estado devorando "El Idiota" de Dostoievsky. Es la historia del príncipe Mishkin, un joven epiléptico y huérfano, marginado de la sociedad rusa y criado en un pueblito suizo. La historia se desarrolla desde la llegada de este hombre/niño, sensible y transparente a la sociedad de San Petersburgo de mediados del s. XIX. Una sociedad donde los títulos de nobleza, el dinero y el éxito social predominan. El príncipe, llega solo con una maleta y un viejo traje a casa de un renombrado general, a raíz del cual empieza a relacionarse con personas corrompidas y materialistas; impulsivas y seductoras. El es un idiota a ojos de esa sociedad, pero a ojos del lector se trata de una persona muy sabia, coherente y sensible. El clásico juego de las novelas de Dostoievsky, que nos lleva a a sospechar de lo establecido y de valores que un determinado mundo ve como incuestionables. Hay quienes nos preguntamos y sospechamos de lo que se nos ofrece como verdad absoluta, como un príncipe Mishkin cualquiera. Y no es nada sencillo, a ratos tenemos que pagar el precio de la humillación o pasar por desadaptados o incomprendidos solo para que cierto verdugo no enferme de frustración y para que el mundo siga girando, con su soberbia incluída.
Me pregunto ¿qué sería de este mundo sin los "idiotas"? ¿qué pasaría si nos creyéramos todo lo que se instala frente a nuestros sentidos?, ¿si nos convenciera lo que hablan los periódicos y lo que dicta el último grito de la moda?, ¿si aceptáramos como verdad absoluta el discurso de ese político que parece tan convencido de lo que dice?, ¿o si nos creyéramos los juicios, cualquiera que estos sean, sobre nuestra persona?
Recorriendo estas páginas, me pregunto qué tan idiota soy. Me imagino que casi cualquiera que lea esta novela se sentirá identificado con el príncipe idiota; una de las virtudes de la narrativa de Dostoievsky. Sin embargo, no son muchas las que realmente lo son. Desde el punto de vista de esta novela, que me nombraran idiota sería un verdadero halago, porque se trata de alguien que tiene que ir contra la corriente para no contradecirse, un verdadero héroe.
El otro día conocí a un dibujante que me enseñó uno de sus dibujos; diferente al concepto que suelo tener de un dibujo. El se imaginaba espacios en la ciudad y los desarrollaba hasta que parecieran lo más real posibles. Luego, como una cámara objetiva, la imágen se acercaba abarcando todo el volúmen del dibujo (en 3D) que parecía estar saliéndose de la pantalla del ordenador. En este caso, se trataba de un edificio solitario, flotando en un enorme campo de pasto, y con un árbol que se reflejaba como en un espejo.
Minutos después, la conversación se desvió hacia el príncipe Mishkin y comencé a hablarle de este curioso personaje. No comprendía el motivo que me llevó a hablarle del idiota, pero luego se me vino la imagen de su dibujo e imaginé que los personajes de Dostoievsky y el príncipe en particular, están desarrollados de manera tal que puedes conocer sus fortalezas y flaquezas, lo que te permite comprenderlos (y amarlos) como su propio creador. Se trata de personajes tridimensionales y de una sensibilidad especial para percibir al otro: ¿te veo como un dibujo plano o con todas tus dimensiones y contradicciones? ¿soy capaz de sacarte de tu contexto y no juzgarte por lo que me enseñas ahi parado frente a mí?

Las personas tenemos varias dimensiones o perspectivas de nosotros mismos. Recuerdo una novelita de Pirandello llamada algo así como "Uno, ninguno y cien mil" que te enseña las diferentes facetas que puede tener una persona. Nosotros somos muchos a la vez: la imagen que me devuelve el espejo un día tal, cómo me ve el vendedor de la esquina o mi pareja. Pero sería diferente si fuéramos capaces de ver al otro en sus diferentes dimensiones, como un volúmen más que como una imagen plana.

De alguna manera, como están las cosas hoy en día (ni siquiera es necesario entrar en detalles) ser idiota, así como el príncipe mishkin, no solo es ser un artista incomprendido, sino alguien capaz de sospechar de lo que la realidad le está ofreciendo, aceptar esa sospecha y dudar de los discursos e imágenes que se te imponen. La única certeza que tengo viene de las imágenes que crea mi mente y de darle una oportunidad al otro como una compleja figura tridimensional, así como ese dibujo que me enseñó mi amigo o como un personaje de Dostoievsky.

jueves, mayo 10, 2007

El rey del país de barro


Esta imagen está fuera y dentro de mí.